Iluminación de la carretera Cancún-Tulum, una deuda que sigue cobrando vidas
Por Lourdes Cruz
Durante años, la carretera que conecta a Cancún con Tulum fue símbolo de crecimiento, de desarrollo turístico y de oportunidades. Era una vía estratégica que articulaba destinos, empleos y sueños. Sin embargo, hoy también es un recordatorio permanente de una promesa inconclusa: su electrificación.
Antes del inicio de las obras para construir el Tren Maya sobre esta vialidad, la carretera ya presentaba avances importantes en materia de iluminación. Postes, cableado y estructuras daban cuenta de un proyecto que buscaba hacerla más segura. Pero con la llegada de los trabajos ferroviarios, todo fue desmontado: la infraestructura eléctrica, los árboles, la planeación. Se levantó lo construido… y nunca se repuso a pesar del cambio de trazo.
Desde entonces, el tiempo ha pasado sin respuestas claras.
Esta vialidad no es una carretera cualquiera. Por aquí transitan diariamente miles de vehículos que conectan Puerto Morelos, Playa del Carmen y Tulum, además de polos turísticos como Xcaret, Puerto Aventuras y Akumal. Es, literalmente, la columna vertebral del turismo en el Caribe Mexicano.
Pero al caer la noche, esa columna se vuelve frágil.
Kilómetros enteros permanecen en penumbras. La visibilidad es mínima. Los señalamientos se diluyen en la oscuridad. Y el riesgo se multiplica.
Lo más grave es que, en varios tramos, la infraestructura ya está ahí… pero abandonada. Postes colocados, brazos con luminarias, estructuras listas para funcionar. Sin embargo, muchas permanecen sin cables, sin conexión, sin energía. Son testigos mudos del abandono.
Uno de los ejemplos más evidentes se encuentra después del puente de Calica, rumbo a Tulum. En ese tramo pueden observarse decenas de luminarias instaladas que jamás han encendido. Están ahí, alineadas, visibles, inútiles. Una inversión detenida en el tiempo.
A diario, cientos de trabajadores cruzan esta carretera para llegar a hoteles, obras, restaurantes y comercios. Muchos lo hacen a pie, en bicicleta o en motocicleta. Lo hacen de madrugada o al anochecer. Lo hacen sin puentes suficientes, sin iluminación adecuada. Lo hacen poniendo su vida en juego.
Y muchos, lamentablemente, no regresan.
Los accidentes graves se han vuelto parte del paisaje informativo: choques frontales, atropellamientos, volcaduras, muertes. Historias que se repiten con una frecuencia alarmante. Familias rotas. Proyectos truncados. Silencios que nadie repara.
¿Hasta cuándo?
La falta de electrificación ya no es un problema técnico. Es un problema moral. Es una omisión que tiene consecuencias humanas. No se trata solo de comodidad, ni de imagen urbana. Se trata de seguridad, de dignidad, de responsabilidad pública.
En una región que presume cifras récord en turismo, inversiones millonarias y megaproyectos, resulta incongruente que su principal arteria siga a oscuras.
Mientras se anuncian nuevos desarrollos, hoteles y complejos, la carretera continúa siendo una trampa nocturna.
Mientras se celebran llegadas masivas de visitantes, quienes sostienen esa industria se juegan la vida al cruzar una vialidad sin condiciones mínimas.
La electrificación no es un lujo. Es una necesidad urgente.
Reinstalar luminarias, rehabilitar postes, garantizar mantenimiento y planeación no debería ser una promesa eterna. Debería ser una prioridad inmediata. Porque cada día que pasa sin atender este problema es una ruleta rusa para miles de personas.
La carretera Cancún–Tulum merece dejar de ser un símbolo de abandono.
Merece volver a ser una vía segura, moderna y humana.
Y, sobre todo, merece dejar de cobrar vidas por la indiferencia.
Hoy, más que nunca, es momento de retomar esta deuda pendiente. De hacerlo con seriedad, con presupuesto y con voluntad política.
Porque ninguna obra, ningún proyecto y ningún discurso justifican una carretera a oscuras.
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