José María Morelos, 9 de agosto (Galu Comunicación).- Una de muchas artesanas en la zona maya, Aida Aracely Ku Marín, se resiste, como muchas de sus colegas, a dejar su oficio, pese a persistir la pandemia de la COVID-19 que no sólo no cede, sino que aumenta en este municipio.
La explicación es sencilla: la necesidad de mantener el ingreso económico y contribuir al sostén familiar a anteponiendo la necesidad de seguir teniendo unos pesos para su familia.
Ku Marín, quien se ha dedicado al bordado a máquina desde pequeña, ha invertido casi toda su vida blusas, confeccionando hamacas, bolsos, y ahora, por la pandemia, y con la demanda de cubrebocas, no piensa abandonar su actividad.
En el marco de la conmemoración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, Ku Marín explica que cuando era pequeña, también salía a las calles a vender buñuelos o merengues que su mamá hacía, y ahí, conoció personas que ejercían la confección y que la motivaron a aprender.
Así, una vez terminada su venta, practicaba la confección en su casa antes que la olvide.

Actualmente, vive en la comunidad maya de Kankabchén y su principal mercado es esa misma localidad, cuyos pobladores incluso se le acercan para pedirle prendas a gusto y talla.
Pero también, cuando tiene la oportunidad de ir con su familia a esta cabecera, a Tulum, Chetumal o Mérida, aprovecha para vender sus creaciones, pues la pandemia también cerró puertas que representaban los compradores de la zona norte del estado.
A pesar de ser bordado a máquina y desprenderse del bordado a mano artesanal, los costos de cada prenda rondan los 300 pesos, que en tres días puede terminar si le pone “mucho empeño”.
Así, a pesar de trabajar de manera individual y no pertenecer a ningún grupo de artesanos de la zona, ha logrado sobrellevar la situación de la pandemia y como ella, muchos artesanos se resisten a dejar su trabajo para seguir ganándose la vida, aunque sea solo en su misma comunidad.





